La llegada de Obama no es el fin del racismo

Los que se entusiasman con la elección en EE.UU. no advierten que un solo individuo no puede acabar con las nuevas formas de discriminación.

Por:  Ezequiel Adamovsky

Muchos se apresuran hoy a anunciar una vuelta de página en la historia de la discriminación. Pero una mirada más realista permite dudar de tal optimismo por la llegada de Obama.
Hasta hace algunos años, el racismo se expresaba en términos biológicos: los no-blancos eran “inferiores” por deficiencias innatas. Las luchas de las minorías y la ciencia convirtieron ese argumento en algo obsoleto.
Ante este cambio, es importante tener en cuenta que hoy existe lo que Balibar llamó un “nuevo racismo”. En el capitalismo, las diferencias de poder y riqueza se superpusieron con distinciones étnicas.
El racismo tradicional operaba ordenando las diferencias entre pueblos de acuerdo con su grado de “desviación” respecto de un ideal del humano “normal”: el blanco, educado y de cierto nivel económico.
Lo hacía no para excluir a los “inferiores” -el capitalismo siempre requirió su trabajo-, sino para integrarlos diferencialmente, de acuerdo a su distancia del ideal de “normalidad”.
En la América colonial, por ejemplo, se relegaba a los africanos a los peores trabajos, pero a los mestizos se les permitía acceder a puestos mejores cuanto más “blanqueados” fueran. La función del racismo no era entonces tanto la de mantener las “razas” separadas, como la de usar sus diferencias para producir y asegurar jerarquías sociales.
El “nuevo racismo” desempeña hoy una función similar, sólo que sin valerse de los argumentos biologicistas. Prefiere otros de tipo “cultural” o “social”. En teoría, hoy no hay impedimento para que a los no-blancos les vaya tan bien como a cualquiera. Es sólo que en este momento son “menos capaces” debido a factores como su falta de preparación, sus hábitos, su cultura poco emprendedora, etc.
Así, significantes culturales o sociológicos han reemplazado a los viejos argumentos biologicistas, pero siguen colaborando en la construcción de jerarquías sociales que todavía descansan en diferencias étnicas.
Menos “esencialista”, este nuevo racismo permite ordenar las diferencias entre tipos de humanos de una manera más flexible y, por ello, más apta para resistir las impugnaciones que se le hacen.
Aquellos que puedan demostrar que se acercan al ideal de comportamiento de un blanco, educado y de cierto nivel económico, podrán ser eventualmente admitidos en las máximas esferas del poder. Pero eso no cambia en nada el hecho de que se sigue presuponiendo que los no-blancos son, como grupo, por motivos culturales o sociales, menos capaces.
La llegada de un negro a la presidencia de los EE.UU. no autoriza por sí sola a anunciar el fin del racismo. Los no-blancos seguirán ocupando el último lugar en la pirámide social norteamericana, tanto como los pueblos no-europeos un lugar subalterno en la arquitectura del poder global.
Acabar con el racismo requerirá mucho más que una elección o un cambio cultural, por profundo que sea.

Publicado en Clarín, 10/11/2008

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Archivado bajo Ezequiel Adamovsky, Intervenciones NT en los medios

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